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La lectura digital

April 23, 2012

José Guzmán

Una de las consecuencias de la popularización del acceso a Internet y el uso de los computadores personales en los hogares es el desplazamiento del medio lectura. La pantalla, cada vez más amplia y nítida, con una inmensa gama de colores, con el tamaño de las fuentes ajustable a discreción es superior indiscutiblemente a la hoja de papel rígida, monocromática y pesada, reducida a un formato único. Hay otros factores que dejan al libro en desventaja. El lector de la pantalla no esta amarrado ni comprometido con el texto.

Si no le gusta puede “scroliarlo”; si tiene un interés específico, puede apoyarse en las herramientas de búsqueda; el texto digital puede venir con ayudas de acceso directo a las referencias o indirecto por medio de pantallas auxiliares donde se desplieguen imágenes, ilustraciones, mapas, videos, relacionados con el texto, todos sin el condicionamiento y la limitación del formato del papel. Es decir, pensar que la lectura digital no arrollará a la lectura de libros de papel es negar los hechos palpables.

Es natural que se presente el síndrome de la resistencia al cambio, según Nicholas Carr, en su artículo ¿Is Google making us stupid? publicado en el Magazine Atlantic Monthly de julio, esto mismo ocurrió con la invención de la imprenta por Gutemberg en el siglo 15. Dice que el humanista italiano Hieronimo Squarciafico estaba preocupado porque la facilidad de conseguir los libros llevaría a la pereza intelectual y haría a los hombres “menos estudiosos”.

Otros argumentaban contra los libros baratos diciendo y previendo acertadamente que se debilitaría la autoridad religiosa, y se minaría el valor de los trabajos de los estudiosos. Cabe recordar que la difusión masiva de la Biblia gracias a la imprenta, fue una de las causas de la Reforma emprendida por Martín Lutero, al haberse podido leer directamente el Libro de Verdad por los legos y los religiosos menores, eliminando los intérpretes y los exégetas.

Contra la lectura digital se están presentando otro tipo de sofismas. El conocimiento profundo solo se adquiere a través de la lectura de libros. La incomodidad de hacer anotaciones, que es falso, en los textos de pantallas, las diferencias de los espacios entre la lectura en un sillón confortable en un espacio tranquilo, donde el libro es prácticamente “acariciado” frente a la lectura en un escritorio atiborrado de papeles con impresiones parciales en hojas recicladas, mugs, ceniceros y avisos de mensajes que llegan al chat y de recordatorios de tareas pendientes que asoman imprudentemente a la pantalla, rompen las asociaciones inteligentes de la lectura y dejan un conocimiento del que no se sacan inferencias que son en últimas las que arraigan en el lector lo aprendido. Es lo que algunos pedagogos llaman lectura en profundidad que dicen es indistinguible del pensamiento en profundidad. El punto es que tanto la lectura como en pensamiento profundos nada tienen que ver con el conocimiento eficiente que reside en los documentos de la red (la nube). Lo único necesario de aprender es camino para llegar a la información.

El problema es que la tendencia de la lectura en pantallas no tiene la menor posibilidad de detenerse. Ya no es sólo la lectura de los textos en Internet, hay también progresos tecnológicos en los teléfonos celulares, con los mensajes de texto; aparatos livianos y resistentes (USB, Kindle) para transporte de información digital que permiten la lectura de gran número de libros en formato de e-text, sin restricciones del sitio donde se usen; que siguen poniendo al libro a la defensiva. Esta vez desde el punto de vista la ubiquidad.

Finalmente están emergiendo sitios undergrown para compartir libros, especialmente textos universitarios costosos, que amenazan a la industria editorial en la misma forma que ocurrió con las casas disqueras y la popularización del formato Mp3. El formato de intercambio que más auge está adquiriendo es el pdf, acogido como estándar internacional hace poco, porque conserva la fidelidad al texto de libro original con preservación de las fuentes, paginación, colores e imágenes. Hay también intentos de almacenamientos masivos como el de Google.Books, el proyecto Gutemberg, la biblioteca Cervantes e intentos fallidos como el de Microsoft (search book) que arrasó en un día la estructura de un trabajo de digitalización de cerca de un millón de libros hecha durante tres años.

En el frente paralelo de la escritura digital es mucho más notable esta tendencia. No creo que haya escritor alguno que utilice la pluma como medio para expresar sus pensamientos y que ninguno se esclavice a los ruidosos teclados de las máquinas de escribir cuya existencia también está amenazada, por lo menos como mueble del hogar. Yo creo que la última que tuve fue hace veinte años.

Las libretas de apuntes es otro accesorio personal amenazado ante la capacidad memorias electrónicas de los teléfonos celulares. El uso de los teclados virtuales, por supuesto, afecta la conformación de las ideas. Cada vez se tiende a un idioma taquigráfico y directo, sin espacios para divagaciones, metáforas y adjetivos, e inclusive se ha generado una grafía propia de los internautas donde los educadores apenas alcanzan a entender el significado de los escritos y se ven excluidos de las nuevas corrientes idiomáticas de sus alumnos.

El sistema educativo liderado por los sindicatos de educadores, por lo menos en Colombia (también en los Estados Unidos), no tiene un plan comprensivo para incorporar la nueva tecnología. Los esfuerzos del gobierno son incoherentes, es mi parecer, puesto que regala bibliotecas digitales y computadores en los colegios públicos sin capacitar sistemática y obligatoriamente a los docentes atornillados a sus puestos por los pactos colectivos.

En otros casos una élite de los dirigentes gubernamentales piensa en la solución de los problemas desde los libros de las enseñanzas extranjeras y que la cultura digital se adquiere por ósmosis del contacto de la piel con el aire, basta ver el caso del caos que se presentó con el diligenciamiento de un formulario, que puso al descubierto la incapacidad logística, tecnológica y de planeación cuando un millón de microempresarios colombianos se vieron obligados a presentar un formulario digital oficial.

Aunque este hecho es marginal al tema demuestra como el sistema educativo no tuvo efecto en esa gran proporción de la población por lo menos para encarar esta nueva obligación. Lo digital todavía está out del pensum educativo. El analfabetismo funcional digital no existe como problema porque no se cuenta con él.

El vacío de información sobre la lectura y la escritura digital destroza y deja sin piso las mediciones que sobre lectura se hacen de manera oficial. No tiene sentido la estadística sobre el número de libros leídos en el último año, ni de libros que haya en los anaqueles de los hogares, ni de los consultados en las bibliotecas públicas. No conozco estadísticas sobre el número de mensajes leídos, ni la cantidad de textos digitados en los chats, celulares e internet. Ahí es donde esta la acción.

Cortesía: http://www.elabedul.net

 

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