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La infidelidad da dolor del cuerpo –Segunda parte-

March 28, 2011

Wendy Mejía

Isa Fonnegra de Jaramillo, psicóloga clínica especializada en duelo, sostiene que el dolor que experimentan las mujeres tras una infidelidad no solo se da por la sensación de haber sido remplazadas, también por la automática pérdida de la capacidad de confiar, de proyectarse hacia el futuro junto a otra persona.

“Aunque las heridas emocionales pueden ser las mismas que en los hombres, las respuestas afectivas de la mujer suelen ser más sensibles, más profundas y más duraderas”, dice Fonnegra.

Además, culturalmente a las mujeres se les permite más expresar sus dolores que a los hombres, “se mantiene esa visión machista que les censura a ellos la posibilidad de demostrar abiertamente lo que sienten”.

Deténgase, revise y llore

De acuerdo con la especialista, el camino a seguir cuando uno se enfrenta a este tipo de dolor, es el duelo: “Hay que detenerse y mirar, evaluar, revisar, sentir lo que ocurrió, llorar; de ese modo se configura la posibilidad de emprender un proceso de aceptación de la pérdida sufrida. Sin eso no es posible reinventarse creativamente más adelante”.

La especialista llama la atención sobre el hecho de que la sociedad actual no es dada a esos procesos.

“Es individualista, inmediatista, blindada a los sentimientos; no acepta el dolor y no tiene tiempo para procesar las penas, así que las esquiva. La sociedad le grita a la persona que sufre, ¡supérelo! Y en ese camino ella tiende a incurrir, equivocadamente, en relaciones pasajeras, que lastiman más, y hasta en adiccionesal alcohol, a las drogas, a los antidepresivos y al ejercicio, entre otras, con las que, literalmente, quiere anestesiar todo el dolor”.

Una cicatriz en el alma

“No solo la felicidad se va cuando a uno lo engañan, también la confianza en uno mismo y en los demás.

“Soy contadora y tengo tres niños pequeños; cuando me di cuenta de que la entrega de mi esposo a su trabajo tenía a una colega suya de la oficina como principal motivación, el mundo se me vino al piso.

“Lo adoraba, y darme cuenta de que el sentimiento no era mutuo casi me mata. Acepté seguir adelante, porque sentí que si no volvía a verlo me moriría, que mi vida se acabaría. Pero la relación estaba rota y la vida en la casa era un infierno. Al cabo de un tiempo se fue, y yo me refugié en mis hijos y en mi trabajo.

“Ya pasaron tres años, he visto a más de un psiquiatra, pero sigo igual: me río poco, estoy agotada porque no duermo bien, me duele la cabeza… Hay una cicatriz en el alma, que no me deja vivir ni enamorarme otra vez”. oc.

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