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Prólogo de Frank Moya Pons, del libro de René Fortunato

September 28, 2010

Este es el prólogo integro de Frank Moya Pons, del libro Democracia Revolucionaria, de René Fortunato.

Juan Bosch, al igual que muchos otros grandes hombres, fue un ser sumamente complejo. Lo fue en su biografía y lo fue en su personalidad. No podía ser persona simple el joven escritor que produjo La Mañosa, la novela de las revoluciones, en 1934. Tampoco podía serlo el compilador de las Obras Completas de Eugenio María de Hostos cuando fue contratado para editarlas contando apenas con 29 años de edad.

En décadas posteriores, y viviendo en el exilio desde 1938, Bosch fue madurando como escritor y político. Participó en los trabajos organizativos de la abortada expedición de Cayo Confites que lideraba Juan Rodríguez, y allí conoció al joven revolucionario Fidel Castro. Trabajó como asistente del Presidente Carlos Prío Socarrás, en Cuba, en una época en que se destacó en aquel país como ensayista y cuentista de primer orden.

Para entonces ya había participado, junto con otros exiliados, en la organización del Partido Revolucionario Dominicano y llevaba a cabo un intenso activismo antitrujillista en toda la región del Caribe y Centroamérica.

De aquellos años de exilio son sus obras Mujeres en la vida de Hostos; Cuba, isla fascinante; y Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplo, así como la mayoría de sus cuentos que describen con profunda humanidad la vida y tragedias de los de abajo, de los que quedaron marginados del progreso, de los que no tenían otra historia que su pobreza y su angustia existencial.

Bosch fue un autodidacta, tanto en lo que aprendió como en lo que escribió. Compensaba sus grandes vacíos académicos con una inteligencia superior y una intuición clarividente. Veía las cosas y comprendía inmediatamente sus conexiones más profundas.

Carente de los aparatos conceptuales de las ciencias sociales, elaboraba sus explicaciones literariamente mediante la construcción de brillantes y sugerentes metáforas o avanzando tesis intelectuales deslumbrantes y provocadoras.

Leía mucho y escribía mucho más. Publicaba cuentos y artículos políticos en las revistas de La Habana, México y Caracas, y se reunía constantemente con sus relacionados políticos en el exilio.

Viajaba continuamente buscando alianzas con otros líderes demócratas y se le veía un día en Venezuela, otro en Costa Rica y más adelante Cuba. Sus viajes y actividades eran objeto de la atención de los servicios de inteligencia estadounidenses y de otros países, incluido, claro está, el servicio de espionaje del dictador Trujillo.

Entonces Bosch era demócrata, creía en la democracia representativa como forma ideal de gobierno y combatía la dictadura en cualquiera de sus formas. Admiraba el sistema político norteamericano y consideraba ejemplar la democracia costarricense establecida por José Figueres y su partido después de la revolución de 1948 en ese país.

Su intenso activismo lo llevó a relacionarse con muchos de los grandes líderes democráticos caribeños y latinoamericanos después de la Segunda Guerra Mundial. Además de Figueres fue amigo de Rómulo Betancourt y Luis Muñoz Marín, todos enemigos de Trujillo y amigos de la causa democrática dominicana.

Estando Bosch en Costa Rica ocurrió el asesinato del dictador el 30 de mayo de 1961. Se encontraba en aquel país dictando unas charlas sobre organización y acción política por invitación del Instituto de Estudios Políticos del Partido de Liberación Nacional, creado por el Presidente Figueres.

Allí, junto con otros exiliados, tomó la de

René Fortunato, autor de "Democracia Revolucionaria"

cisión de regresar al país a encabezar la lucha para concluir el derrocamiento del régimen trujillista y ayudar a construir una democracia en la República Dominicana.

 

Uno de los presentes en aquellas históricas reuniones era el periodista Julio César Martínez, quien escribió años más tarde que este grupo de hombres que representaba al Partido Revolucionario Dominicano (PRD), fundado en Cuba en 1939, decidió una estrategia en dos pasos.

Primero viajaría al país una comisión encabezada por Nicolás Silfa, Angel Miolán y Ramón Castillo para negociar las condiciones de participación del PRD en el proceso de apertura política que prometían Ramfis Trujillo, el hijo del dictador, y el Presidente de la República Joaquín Balaguer. Luego les seguiría Juan Bosch, como líder del grupo y del partido.

Martínez recuerda que él observó que en un país tan acostumbrado a las ceremonias y los rituales del poder, como era la República Dominicana de entonces, los títulos de Jefe, Don, Señor, Licenciado, Doctor, Ingeniero, General, y otros, marcaban una señal de distinción y respetabilidad entre sus poseedores, y que “Juanito”, Juan Bosch, no tenía título universitario ni social ni militar.

Por lo tanto, había que ponerle un título que lo distinguiera, al igual que ocurría entre los miembros de la élite social dominicana. En vista de que Bosch había estado enseñando en Costa Rica, y había dado muchas conferencias durante su largo exilio de 23 años, el título que mejor le cuadraba era el de “Profesor”.

Por ello, los primeros comisionados del PRD anunciaron a su llegada el pronto retorno al país del “Profesor Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano”. Ellos eran los profetas de un mesías político que vendría a imponer un orden nuevo en la República Dominicana.

Bosch tomó muy en serio su papel de profesor y regresó al país predicando un credo nuevo nunca antes escuchado ni conocido por las masas dominicanas, un credo político que enfatizaba la soberanía del pueblo por encima de la élite (los “tutumpotes”), un credo que sostenía que al gobierno se llega legítimamente por medio de elecciones (no mediante componendas de alcoba ni por golpes de Estado), un credo que sostenía que al gobierno se iba a servir al pueblo (no a robar ni a enriquecerse ilícitamente).

Contrariando la práctica política prevaleciente que consistía en arrastrar a las masas desde arriba mediante el miedo y la intimidación, Bosch decidió predicarle a las masas dominicanas con ideas sobre su condición económica y social, utilizando la radio, el único instrumento disponible entonces para llegar a las grandes mayorías nacionales.

Bosch adoptó un discurso elemental y pedagógico que encantaba a la gente común y corriente, pero que ofendía a los “cultos”. Estos últimos se burlaban de él diciendo que Bosch hablaba como si el pueblo fuera totalmente ignorante, pero Bosch seguía adelante con una sola meta en mente: dar lecciones de democracia y ganar las primeras elecciones libres que debían celebrarse el 20 de diciembre de 1962.

Estas elecciones debían ser organizadas por un Consejo de Estado de siete miembros que asumió el poder en enero de 1962 y sustituyó la maquinaria política trujillista que hasta entonces encabezaba Joaquín Balaguer.

En once meses, Bosch, anteriormente un desconocido para casi todo el pueblo dominicano, logró hacerse entender y consiguió crear una nueva conciencia política en la mayoría de la población.

Lo acusaron de todo entonces: de haber sido contrabandista de chinos en el gobierno de Prío Socarrás, de haber engañado a Trujillo, de ser espía norteamericano, de ser un agente del comunismo internacional, de ser enemigo de los ricos y de la Iglesia Católica, de ser ateo, de fomentar la lucha de clases.

Bosch, sin embargo, seguía adelante con sus discursos radiales emitidos casi diariamente. Hablaba inspirado como un iluminado, como un mesías político, aprovechando cada uno de los errores de sus adversarios, señalándole al pueblo los orígenes históricos de su atraso, de su pobreza, del subdesarrollo dominicano. Creando conciencia política, en pocas palabras.

Por ello Bosch ganó las elecciones abrumadoramente superando en un 50 por ciento los votos de su contendor más cercano, el Dr. Viriato Fiallo, candidato de la Unión Cívica Nacional, partido que respaldaba la élite económica y social del país y un segmento importante del campesinado, sobre todo el campesinado cibaeño.

Tanto la llegada de Juan Bosch a la presidencia como su conducta personal y manejo del Estado durante los meses siguientes son el foco de este libro que René Fortunato escribió como guión para su famoso y exitoso documental cinematográfico titulado “Bosch, Presidente en la Frontera Imperial”, estrenado en el Teatro Nacional de Santo Domingo el 30 de marzo del 2009.

Como podrá observar el lector, esta obra constituye la fuente gráfica y cronológica más completa que se ha publicado acerca del gobierno de Juan Bosch, pero más que una cronología y una colección de fotos este libro contiene una emocionante y apasionada narrativa del primer gobierno democrático elegido libremente después de la muerte de Trujillo.

Este gobierno fue derrocado por una amplia coalición de empresarios, clérigos, militares, sindicalistas, periodistas, intelectuales y políticos que no comulgaban con el credo democrático de Juan Bosch.

Este presidente fue abandonado hasta por sus propios compañeros de partido a medida que ganaba terreno la propaganda antiboschista y al paso, también, en que Bosch cometía errores políticos que contrastaban mucho con la brillantez de su campaña electoral.

El Bosch presidente fue muy coherente ideológicamente con el Bosch candidato, pero su compleja personalidad le llevó a enfrentar numerosos grupos que no comprendían o rechazaban su extrema rigidez política. También fue muy coherente Bosch con su código de ética que contrastaba visiblemente con la doble moral política de muchos dominicanos.

El Bosch presidente continuó actuando en muchos terrenos como si fuese todavía candidato. Continuó predicando desde la presidencia como si hablara como maestro rural y no como un presidente de la República.

Lejos de pactar con sus adversarios, continuó enfrentándolos desde el poder, denunciándolos, irritándolos y provocándolos, llegando incluso a anunciar, desde antes de tomar posesión, y varias veces durante su presidencia, que sus enemigos planeaban tumbarlo y vaticinando que, efectivamente, terminarían derrocándolo.

Aquello funcionó como una profecía auto-realizable en la cual Bosch mismo contribuyó en gran medida pues su combate político se desenvolvió más en el terreno verbal e ideológico que en los hechos.

Temiéndole a las Fuerzas Armadas, mantuvo en sus posiciones a los más temidos generales y oficiales superiores de la dictadura de Trujillo, muchos de los cuales eran reconocidos asesinos.

Respetó y protegió a los grupos más recalcitrantes de la extrema izquierda, dirigidos por comunistas que no creían en la democracia representativa y que también planeaban derrocarlo para instalar en el país una segunda versión de la revolución cubana.

Ante las demandas que le hacían los grupos conservadores dominicanos y el gobierno de los Estados Unidos para que deportara o reprimiera a los comunistas, Bosch contestaba que, en una democracia, todos tenían derecho a la participación política y se negaba a deportar a ciudadanos dominicanos por razones políticas, aunque fuesen comunistas.

Bosch fue acusado numerosas veces, tanto en el país como en el extranjero, de ser “flojo con los comunistas, y ese fue uno de los pretextos utilizados para justificar su derrocamiento.

Su compleja personalidad confundía hasta a sus propios colaboradores dentro y fuera del gobierno. Sus ministros le criticaban veladamente. A unos les mortificaba la rigidez de su carácter, mientras a otros les preocupaba su falta de sentido práctico o su alejamiento casi total con la estructura dirigencial de su partido.

Bosch decía que estaba gobernando para todos los dominicanos, no para su partido. Esto hacía que sus correligionarios se sintieran abandonados o traicionados, cosa que se hizo visible al producirse su derrocamiento pues muy pocos perredeístas salieron a defender su gobierno y, algunos, por el contrario, hasta justificaron el golpe de Estado.

Todos estos detalles, y muchos más, son retratados sintéticamente por René Fortunato en esta espléndida obra que no deja ningún ángulo de aquel gobierno revolucionario sin tratar.

Decimos revolucionario porque, en efecto, eso fue el gobierno de Juan Bosch en el contexto de la época. Debemos recordar que el país apenas salía de la más larga y cruenta tiranía de América que impuso a los dominicanos un régimen totalitario de 31 años que conformó una cultura política refractaria al ideal democrático.

Tratar de imponer una democracia al estilo de la costarricense era tan revolucionario entonces como el experimento revolucionario marxista-leninista que se realizaba en Cuba bajo el mando de Fidel Castro.

Por eso Bosch hablaba de su empeño de desarrollar en la República Dominicana una “democracia revolucionaria”, y por eso es tan loable y acertada la decisión de René Fortunato de titular este libro con ese título.

Las imágenes y documentos del gobierno constitucional de Bosch en 1963 constituyen una verdadera pieza historiográfica de mayor calidad que esos libros laudatorios escritos por advenedizos políticos que buscan acercarse hoy a un Bosch muy distinto al que retrata esta obra.

Repetimos que Bosch fue un hombre extremadamente complejo y que su biografía refleja esa complejidad psicológica e intelectual que fue evolucionando con los años y que nos dejó muchos Bosch muy distintos uno del otro.

El Bosch de este libro es muy distinto al del exilio en Cuba, o al que regresó al país después de la guerra civil de 1965 amargado por la traición de sus antiguos aliados y desencantado con los Estados Unidos por el pragmatismo golpista de los dirigentes de ese país que le negaron apoyo para restituir su proyecto constitucionalista y democrático.

Bosch continuó evolucionando después que retornó al exilio en 1967. Por ello, cuando regresó al país en 1970, era un político muy distinto al Bosch anterior que había predicado durante años el evangelio de la democracia representativa.

Bosch se hizo marxista y abjuró entonces de la democracia representativa. Propuso entonces a su partido trabajar para instituir en el país una “dictadura con apoyo popular”, que debía ser un régimen antiimperialista que luchara por la “liberación nacional”, aunque de manera distinta a como proponían los partidos comunistas ortodoxos de entonces.

Combatiendo el gobierno dictatorial de Balaguer durante los doce años, que van de 1966 a 1978, Bosch continuó radicalizándose. En 1973 renunció al Partido Revolucionario Dominicano y con un grupo de fieles seguidores formó el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), dando inicio a una historia política que hoy es muy conocida.

Ese Bosch que construyó este nuevo partido fue también muy distinto al que se radicalizó aún más después de 1978 cuando hizo más explícito su credo “marxista-no-leninista” y selló pactos con muchos militantes de los antiguos grupos de extrema izquierda para reforzar los cuadros de su partido.

Hubo, finalmente, otro Bosch, que muchos preferirían olvidar hoy, y es el Bosch de la senectud: el hombre que a finales de los ochenta empezó a manifestar síntomas del mal de Alzheimer y que daba continuas muestras de intolerancia y amargura; el político rabioso que peleaba constantemente con sus antiguos amigos, con los miembros de su propio partido, con los periodistas y con los demás políticos; el hombre noble, pero resentido, que fue cayendo lenta e inexorablemente en la decrepitud, como ocurre con tantas cosas en la vida.

Este último Bosch dista mucho, muchísimo, del que René Fortunato retrata en este libro. El Bosch de Fortunato es el Bosch brillante y luminoso, el maestro de la democracia representativa, el pensador y político liberal, el orador deslumbrante y didáctico, el Presidente honesto más allá de lo razonable, el líder político rígidamente coherente con su credo democrático, el verdadero padre de la democracia dominicana.

Los dominicanos que lean este libro, como los que vieron el documental fílmico que le dio origen, tienen hoy la fortuna de conocer de primera mano muchas de las imágenes y documentos que registran los inicios de la construcción de la democracia dominicana.

René Fortunato ha escrito un libro de historia. Sus trabajos fílmicos son la obra de un cineasta, es verdad, pero también reflejan el espíritu y el método del verdadero historiador. Admiro los trabajos de Fortunato porque son muestras de una nueva forma de rescatar, reconstruir y narrar la historia dominicana.

Sus filmes documentales están basados en una intensa labor de búsqueda en archivos, bibliotecas, filmotecas, discotecas, así como en numerosas entrevistas. Su labor de investigación puede compararse muy favorablemente con la que realizan los historiadores cuando trabajan para escribir sus libros.

La diferencia entre uno y otro tipo de ocupación reside en que la labor de Fortunato es más compleja, más difícil y, si se quiere, más impactante pues con sus documentales, este “Historiador de la Imagen y el Sonido” ha demostrado que puede llegar más lejos que muchos historiadores.

Felicito muy calurosamente a René Fortunato por la dedicación que le ha puesto a la producción de esta obra y por la valentía con que ha sabido narrar uno de los períodos más importantes de la historia dominicana contemporánea.

El Bosch de este libro es muy distinto al del exilio en Cuba, o al que regresó al país después de la guerra civil de 1965 amargado por la traición de sus antiguos aliados y desencantado con los Estados Unidos por el pragmatismo golpista de los dirigentes de ese país que le negaron apoyo para restituir su proyecto constitucionalista y democrático.

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